Armando Durán: Maduro ganó en Barinas.

Desde un punto de vista estrictamente aritmético, Sergio Garrido, candidato único de la oposición, con 57 por ciento de los votos, fue el indiscutible ganador en la elección celebrada este domingo 9 de enero en el estado Barinas. Y con él, los partidos y dirigentes opositores que participaron en la fracasada ronda de diálogo y negociación con el régimen realizada en Ciudad de México y en las elecciones regionales del pasado 21 de noviembre. Y como era de esperar, Garrido y la alianza electoral que lo apoyaba, celebraron ese triunfo por todo lo alto. No creo que fuera para tanto. En cualquier elección, de manera muy especial en la roja rojita Venezuela de la mal llamada revolución bolivariana, el acto de votar tiene una trascendencia política que va muchísimo más allá de los números y los porcentajes. Basta tener presente cuál fue la consecuencia política real de la victoria aplastante de la oposición en las elecciones parlamentarias celebradas en diciembre de 2015, en la que sus candidatos conquistaron dos terceras partes de los escaños de la Asamblea Nacional, suficientes para acorralar al régimen en un callejón sin salida. Victoria épica, la llamamos todos, que solo sirvió para consolidar al régimen.

Esta ocasión no es diferente a aquella. El candidato del oficialismo en esta elección fue Jorge Arreaza, quien, además de haber sido vicepresidente ejecutivo de la República y ministro de Relaciones Exteriores, es padre de los dos primeros nietos de Hugo Chávez. Sobre el papel, candidatura imbatible en la tierra de Chávez. En todo caso, una candidatura a todas luces más que adecuada para corregir el imposible político que significó la derrota de Argenis Chávez, hermano del difunto, que aspiraba a su reelección como gobernador de Barinas en los comicios de noviembre. Una derrota que, por su incalculable valor simbólico, debía ser borrada de la historia política de Venezuela. De ahí que el sumiso Tribunal Supremo de Justicia tomara la grosera decisión de invalidar la elección antes de que se divulgara el resultado de la votación y acto seguido convocara la repetición de los comicios para el domingo 9 de enero. Uno tras otro, fueron inhabilitados los sucesivos aspirantes a la candidatura opositora, hasta que finalmente, a la cuarta fue la vencida, el régimen aceptó como candidato a Sergio Garrido, simple dirigente local a quien no le atribuyeron suficiente fuerza para derrotar a un candidato con el peso político de Arreaza y los recursos materiales y, financieros con que contaba.

Esta victoria de Garrido, imprevista hasta para los analistas más serios del país, abrió una nueva e inquietante pregunta. ¿Por qué el régimen, que sin la menor vacilación y sin siquiera disimular la patada con que anularon la votación del 21 de noviembre, este 9 de enero no movió ni un dedo para al menos reducir la enorme magnitud de la derrota Arreaza ese día?  ¿Fue porque a Maduro y compañía no le quedó otro remedio que aceptar esta segunda debacle electoral ocurridas en apenas tres semanas, o sería acaso porque la derrota oficialista, más allá de lo aparente, queriéndolo o no, beneficiaba al madurismo reinante?

Lo cierto es que silenciosa pero implacablemente, a las entrañas del oficialismo las carcome el mismo germen que desde hace 20 años le carcome las entrañas a los partidos de la oposición.  Un creciente distanciamiento entre oficialistas chavistas y oficialistas maduristas, que permitía atribuirle a la monopolización del poder político y económico del estado por parte de la familia Chávez la culpa del desastre, para identificar ese sólido descrédito regional del apellido Chávez con  la clara diferenciación entre el oficialismo directamente vinculado a Chávez y el oficialismo madurista. De este modo rocambolesco, resultaba perfectamente digerible atribuirle a esa hegemonía familiar, primero del padre de Hugo, después de sus hermanos Adán y Argenis, y ahora al exyerno, la culpa de la victoria de Garrido.

Imposible precisar si esta situación fue producto del azar o de una perversa estratagema madurista, pero sin la menor duda, la derrota de Argenis Chávez primero y la de Arreaza después, es posible cargarla a la cuenta del oficialismo chavista antes que a la del oficialismo madurista. Un episodio que se le añade al hecho de que en estos últimos años el valor simbólico de Chávez, accidental o intencionalmente, se ha venido desvaneciendo ostensiblemente en el escenario político nacional, hasta el extremo de que Andrés Izarra, que de ministro poderoso ha pasado a ser disidente excluido de todo para siempre, nada más conocerse la derrota de Arreaza, pieza clave de ese sector chavista del oficialismo, ha llamado públicamente a ese sector, cada día más marginado y silente, a cerrar filas para frenar los avances del madurismo dominante.

De acuerdo con esta hipótesis, puede afirmarse que Maduro, si bien ha cedido a la oposición dialogante una pieza menor del rompecabezas político venezolano, lo ha hecho a cambio de agudizar, de debilitar a tiempo lo que el día de mañana podría terminar convirtiéndose en amenaza real a su continuidad en la Presidencia de la República.  Queda mucho por saber, como por ejemplo,  la verdadera razón para que Diosdado Cabello, segundo hombre fuerte del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), esta semana anunciara que suspendía su programa diario en el canal de televisión del Estado por el repunte del Covid-19. ¿O más bien sería para no verse obligado a fijar posición ante lo sucedido en Barinas?

De una cosa sí podemos estar seguros. La participación de los partidos opositores en las supuestas negociaciones en Ciudad de México, cuya función principal fue hacer viable la participación de ese sector de la oposición en las elecciones regionales que se celebraron en noviembre, no introducirá ninguna radicalización de la postura opositora frente al régimen. Participar en esas dos iniciativas del régimen, llevaron a los representantes de esa oposición reconocer en el primer comunicado conjunto gobierno-oposición que hicieron público en Ciudad de México al terminar su primera reunión, que Maduro es el presidente del gobierno legítimo de Venezuela, un golpe directo a la mandíbula de Guaidó. Reconocimiento que borró definitivamente lo poco que quedaba de aquel compromiso unitario de propiciar la transición de la dictadura a la democracia. Que es lo que ratificaron los gobernadores opositores electos en noviembre al reunirse en Miraflores con Maduro y este jueves Garrido, al visitar a Maduro en su despacho del Palacio de Miraflores. Un Maduro que, al terminar su encuentro con el vencedor de Arreaza, para desvanecer cualquier duda posible, le declaró a la prensa que “le he dado la mano (a Garrido) y le he dado todo mi apoyo institucional.” Prueba fehaciente de que tanto para Maduro como para Garrido y, por supuesto, para las fuerzas de oposición que respaldan a Garrido, la repetición de estos comicios en Barinas fortalece la existencia de una oposición neutralizada por la normalización de sus relaciones con Maduro y su gobierno.

El broche de oro de esta celebrada victoria opositora en Barinas es el abandono definitivo de la confrontación con Maduro y con el régimen, y la adopción, como política irrenunciable, de la vía electoral para desafiar “democráticamente” a un régimen que ya ni siquiera enmascara su deriva totalitaria. Como si en efecto, el objetivo de la oposición en la Venezuela actual ya nada tiene que ver con la restauración de la democracia y el orden constitucional, sino con la conquista y conservación de espacios por las buenas, que es, ni más ni menos, la misma consigna sobre la que la Coordinadora Democrática primero, la Mesa de la Unidad Democrática y la prolongación de ambas en la Plataforma Unitaria ahora, han sido y son factores decisivos en la estabilidad del régimen y en la recuperación de su legitimidad. Incluyendo en el paquete la esta elección en Barinas. Eso, y nada más por ahora, es lo que hay.

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